Sentada frente al cuadro de la pared,pensaba con nostalgia en su hijo de tres años dejado en su tierra,en las vivencias cotidianas que se le antojaban lejanas,como mirar por un prisma distorsionado con los ojos de sueños imposibles, en el hombre que fue su primero, al que entregó su inocencia de mujer aldeana con suspiros ardientes de sombras en letargos.
Jamás pensaba desear tanto los convites de su campo,ni la tierra huraña, que violada a golpes de azadón, germinaba la simiente de esperanzas, para entregarlas en manojos de amapolas cantarinas en el vaivén musical de la siembra.
Jamás creyó querer, con tanta intensidad, el sol audaz y caribe que en halos de fuegos misteriosos preña en la torrides de un medio día, la imaginación pagana de los genes africanos, con el sonido agudo de tambores meridianos el llamado del ochún centenario.
Con más ansias que nunca deseó volver a la intimidad de sus raíces antillanas,de mujer tropical, de risa y carnaval. Se vió reflejada en el espejo de la vida y dos lágrimas silenciosas reverberaron sus mejillas al llamado imperioso de las sábanas de seda.
Asdrovel Tejeda Acevedo
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